martes, 19 de mayo de 2015

Anécdota: Dolar



Era un sábado por la mañana y me habían citado en la avenida principal de la ciudad a las diez de la mañana. Lamentablemente no llegué a la hora acordada, sin embargo intentar prevenirlo con una llamada no fue la solución pues al número que marcaba no se encontraba en línea, quizá  -quiero pensar- el móvil estaba descargado. En fin, llegué pero lo hice con cuarenta y cinco minutos de retraso. Entré al museo, en realidad ese había sido el lugar del encuentro, no vi a esta persona. Salí, crucé la calle e intenté hacer otra llamada "¿sería acaso que habría llegado demasiado tarde?". No tenía monedas así  que le pedí a un señor que vendía "bolis" que me hiciera el favor de cambiarme una por unas. El teléfono público parecía que se rehusaba a que hiciera la llamada, el número nueve no funcionaba, aún así fui insistente y pude teclear el número con terminación en doce.

-¿Celeste?
-...
-¿Celeste?
-¿Ah?
-Celeste, ¿me escuchas?
-Sí, qué pasa.
-Estoy aquí en Pase de Montejo
-...

La llamada simplemente se perdió. ¿Colgaron? ¿Se "cortó"? ¿Me equivoqué de número? Ya no importaba, sólo me quedaban veinticinco pesos en el bolsillo y una mañana vacía al parecer ya sin planes.

Una chica que había conocido en una fiesta meses atrás pasaba del otro lado de la calle ¿La saludo? ¿Se acordará de mí? Nunca hablamos por "face". Crucé nuevamente sin haber optado por el rescate improvisado a mi fin de semana, pues era en realidad una buena oportunidad aunque no sabía si la chica traía prisa o algo así. Caminé al parque más cercano, el de Santa Ana pues ahí encontraría una puerta con múltiples caminos y casi infinitas posibilidades: internet gratis.

Algunas personas estaban en la iglesia, supongo que bastantes personas. Me senté en una de aquellas bancas verdes de los parques y me conecté al mundo virtual.

-Hey.
-¿Qué pedo?
- ¿Qué harás hoy?
-Nada en particular, aquí en mi casa.
-Estoy en Santa Ana.
-¿Qué haces allí?
-Una no tan larga historia. Al rato te cuento ¿te puedo caer?
-Simón, sin pedos.
-Igual y las chelas ¿no?
-No tengo nada de varo.
-Creo que tengo algo, no estoy seguro, tengo un par de dólares, aunque cuando los he intentado cambiar siempre hay algo que me lo impide.
-Pues como tú veas, ¿sabes cómo llegar?
-No pero márcame en treinta minutos en lo que llego al centro y veo si puedo cambiarlos.
-Va, te marco al rato entonces.
-Ya estás.

Intenté comunicarme con mi cita que ya había dado por perdida, los mensajes entraban por whatsapp pero no había respuesta alguna así que me dirigí al centro a unos diez minutos caminando desde ahí.
Evidentemente dos dolares traía en la cartera, en realidad eran tres pero el más antiguo de ellos lo había intentado cambiar antes a lo que me dijeron que el billete era muy viejo y decidí quedármelo para la buena suerte pero digamos que aun no ha llegado. Los otros dólares estaban en perfecto estado y quise creer que no habría porqué existir problema alguno... error.

Sabía que durante el camino me habría de topar con alguna casa de cambio aunque tenía en mente ir directamente al banco del cual tengo mi tarjeta de débito. El dolar estaba en catorce pesos con sesenta centavos en la mayoría de los lugares, "quizá en el banco esté a un precio mejor" llegué a pensar. En el trayecto comencé algunas operaciones sencillas de cuánto dinero podría disponer: "si tengo veintitrés pesos y quiero sacar un billete de cincuenta de la tarjeta necesito depositarme veintisiete más; si los dólares están a catorce sesenta serían más de veintinueve pesos y me faltarían doce más, recuerdo que tenía doce pesos en la tarjeta aunque la última vez que quise cobrarlo en el Oxxo me lo rechazaron....". Decidí que lo mejor sería no confiarme e ir con mi padre y pedirle los doce pesos restantes en caso de que el dinero de la tarjeta fuera menos de lo esperado. Necesitaba sesenta y cuatro pesos para poder de igual manera hacerme con el pasaje del transporte.

Al llegar al banco revisé cuánto dinero tenía en tarjeta, cuál fue mi sorpresa al ver que en el monitor marcaba la cantidad de menos sesenta y siete pesos, ya luego le encontré sentido, me estaban cobrando el plástico de dos tarjetas que había perdido recientemente. Eso significaba que no podría usar la tarjeta y tendría que cambiar el dinero tradicionalmente. Hice la respectiva fila hasta que fue mi turno:

-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
-¿Aquí puedo cambiar dólares? "Es un banco, supongo que esta pregunta puede ser algo tonta" -pensé.
-No, los fines de semana no se puede hacer cambios de dólares.
-... está bien, gracias.


Luego de haber corroborado que el dolar estaba casi a los quince pesos y de que me sería imposible hacer el cambio lo primero en lo que pensé fue regresar a las casas de cambio. En ese momento un señor de la fila me habló:

-¿Necesitas cambiar dólares?
-Sí.
-Aquí a lado puedes hacerlo, sólo necesitas tu identificación.
-Muchas gracias.

A lado no era precisamente un banco aunque tuviera la palabra "banco" en su nombre, pensé que quizá el dolar estaría al mismo precio y que con la misma me movería hasta la casa de mi amigo, en ese momento entró una llamada suya:

-Qué onda, ¿pudiste?
-No, ¿qué crees?
-Qué pasó.
-Los sábado no cambian dólares en los bancos.
-¿Es neta?
-Pues eso me dijeron.
-Qué mal pedo.
-Sí, iré a otro lugar a ver si tengo éxito.
-¿Sí sabes cómo llegar?
-Es una combi que se aborda en el mercado.
-Exacto, es Amalia ruta uno.
-Veré qué onda con esto y ya me lanzo para allá.
-Está bien, te marco más tarde para cuando estés viniendo y te explico dónde bajarte.
-Ya estás.
-Sale.

Entré al edificio señalado donde había otra fila aguardando. Esperé. Al pasar al frente pregunté el precio de cambio del dolar y era el lugar donde valía menos: catorce cuarenta. ¡No podía ser! ni si quiera llegaría a los veintinueve pesos y personalmente detesto cargar centavos. Decidí regresar a las casas de cambio que estaban unas cuantas cuadras de vuelta sin embargo el sol de la una de la tarde en mayo en Mérida no era en absoluto algo agradable, quizá todo lo contrario.


Al pasar una por una ahora las llamadas casa de cambio se encontraban cerradas. De alguna manera comenzaba a desesperarme hasta que encontré uno de estos lugares y de hecho era el lugar que mejor precio manejaban.

-Buenas tardes.
-Hey.
-¿Sí me hace el cambio de unos dólares?
-Sí. A ver, dámelos.
-Aquí están.
-Mmm... A partir de cinco se pagan, así de uno te los puedo comprar a trece.
-¿Así es es todos los lugares?
-Sí, así se maneja.
-Está bien, muchas gracias.

Quién diría que los dólares poseían un valor arbitrario tan cambiante que podría variar tanto en menos de una hora. Me alejé unos metros más y dentro de un hotel había otra de estas casas, a pesar de que esperé algunos minutos nadie se apareció así que sólo restaba por ir a un lugar bastante conocido en frente de la plaza principal que es el Pasaje de Pichetas. Ahí el precio del dolar era aún más barato por ser "de a uno", aparentemente no afecta pero un peso hacía la diferencia que en el lugar que le precedía. Quizá lo que me quedaba era regresar al principio de todo, a lado del banco, el primer lugar que me habían recomendado.

Luego de caminar largamente de bajo de un sol soberbio me dispuse nuevamente a hacer esa fila. Al llegar mi turno expliqué lo debido y me pidieron los dólares y me dieron mi cambio: veintinueve pesos. Los centavos restantes los habían redondeado y de esa manera no tendría porqué cargar con centavos. Ya lo vivido se había quedado así. Quedaba ir a por el transporte.

-Qué pedo, ¿ya estás cerca?
-Apenas y estoy subiendo a la combi.
-Ah. Bueno pues cuando llegues al parque de beisbol te bajas.
-Ok.
-Sino de todas formas te marco.
-Mejor.
-Va.

En la avenida que lleva a la casa de mi amigo un poste de electricidad había sido derrumbado por algún pésimo conductor. La policía estaba desviando el tránsito. El chofer de la combi intentó persuadirlo:

-No hay paso.
-¿Y cómo llego a mi ruta?
-No hay paso.
-Pero oficial aquí mismo debo dar vuelta.
-...

La combi tomó otra ruta pero entró al fraccionamiento objetivo-meta pero tuve que bajar antes.

-¿Falta mucho para el campo de béisbol?
-Es aquí todo derecho.
-¿No debería entrar por esta calle?
-Sí pero andamos atrasados por el accidente.
-Está bien. Aquí me bajo.

Bueno, al final de todo ya sólo faltaban un par de cuadras más para llegar a la casa de mi amigo. Sólo tenía que ubicar el campo de béisbol. Caminando salí por una calle que curiosamente era la equivocada ya que aunque el campo de béisbol estaba ahí tuve que cruzar todo el parque y la calle.

Al final había llegado a la casa y habría aprendido algo de economía.





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